En la pared norte de la Catedral de Saint-Bénigne de Dijon, en Francia, se encuentra una pequeña lechuza tallada en piedra que se ha convertido en un símbolo icónico de la ciudad. Durante siglos, los visitantes han acariciado esta diminuta escultura con la creencia —o la esperanza— de que concede deseos y trae buena suerte, un ritual que ha desgastado notablemente la figura con el paso del tiempo. Hoy, la Lechuza de Dijon sigue atrayendo a curiosos y devotos por igual, quienes repiten el gesto tradicional mientras exploran el casco histórico de la ciudad.
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